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En mi calendario ya tengo marcados los días que van sin tenerte a mi lado...
Y en mi piel tengo marcados tus labios...

19 feb. 2011

El dolor


Hay momentos en los que la gente nos para el tiempo. Sentimos que el aire ya no hincha nuestros pulmones y, en los casos extremos, el corazón deja de latir durante unos segundos. Todo se ha parado en ese momento y lo único que nos preguntamos es: «¿Por qué?» Cuando esto pasa por algo que nosotros mismos consideramos como algo bueno, deseamos seguir así, sin la necesidad del aire o de los latidos del corazón porque nos sentimos demasiado a gusto al olvidarnos de nuestro propio peso. Pero cuando es algo malo, nos sentimos pesados, nos ahogamos aunque sólo hayan pasado unos segundos y es como si incluso respirar doliera, y sin embargo tenemos que hacerlo si queremos vivir. Todo se para demasiado tiempo y nos duele como si nos estuvieran dando una paliza entre veinte de la que no podemos defendernos y no podemos hacer nada más que mantenernos en pie. Y cuando todo acaba, cuando ya sólo nos queda respirar con normalidad tumbados en el suelo, sigue doliendo, y hacemos que todo vuelva a nuestra mente a velocidad normal. Cuando todo va bien, deseamos que no se acabe nunca; inevitablemente la idea de no necesitar todo un mecanismo complejo para vivir, nos atare. Cuando las cosas van mal, deseamos que pase rápidamente, que deje de dolernos para poder vivir con todo ese complejo mecanismo.


Aquel día (2 de agosto de 2010) mi mundo se paró sobre las 16:55 y no fue por nada bueno, en su lugar recibí la paliza. Y todo fue muy lento. Es increíble como unas simples ondas sonoras pudieron hacerme tanto daño. Es increíble como una palabra me dio tan de lleno, tan fuerte, que me dejara sin aliento. Y la vida parecía que se me escapaba por la boca con cada una de las ocho palabras que dije en aquel instante haciendo que todo mi mundo temblara y se resquebrajara como en un terremoto de 8.8 en la escala de Richter: «Vale. Ya no te voy molestar más. Adiós». Y el dolor parecía desaparecer cuando por fin colgué e hice caer mi móvil al suelo. Pero no fue así. El dolor volvió rápido, limpio e inquietante cuando su voz recorre hasta la última esquina de mi subconsciente, esa voz que no olvidé nunca. Y el dolor, incontrolable, caminaba en la orilla de mis emociones dejando sus huellas a merced de las olas del olvido, que sinceramente, aún no han llegado.

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